Gema Palacios

GemaBanner-titulo-gema-palaciosPor Paula Itfish

“Después del horror es necesario, tal vez más que nunca, seguir escribiendo”

 

“Su escritura se desnuda a través del lenguaje, del símbolo, de la insinuación y de un trazo que se torna a menudo sinuoso, solitario, abrigado al calor de la sensualidad. No abandona la búsqueda de sí. Es aullido que se dilata íntimo y sincero. El ritmo de su poesía abre al sentimiento, a la caricia y al encuentro. Y la profundidad, ahondada en la experiencia, llega en el momento, en el precipicio, en un incendio que a veces parece contenido y otras se deja llover” Paula Itfish, el 21 de enero de 2016, sobre Gema Palacios.


Inauguras tu último poemario, Treinta y seis mujeres, con la cita “La poesía es el ser, el no poder hacer de otra manera” de Marina Tsvietáieva. A mi me parece una frase muy sugerente ¿tiene la poesía algo de necesidad histórica?

Creo que al poeta le es necesario el tiempo: no puede estar fuera de él, darle la espalda, o ser ajeno a la época en la que le ha tocado vivir y componer su obra. Los creadores tendemos a mirar hacia atrás y hacia delante en la historia porque existe un compromiso con la tradición que hacemos y aquella sobre la que levantamos nuestros pequeñas construcciones. Me cuesta trabajo concebir una sociedad en la que hubiese desaparecido la capacidad de asombro y el descubrimiento de belleza que acompaña a toda obra artística. El tiempo, por tanto, también necesita al poeta, su mirada particular sobre las cosas.

Siguiendo con ese “hacer” también recoges de Tsvietáieva su verso “palabras palmas de las manos” ¿qué importancia debe la palabra a la mano que la perfila?

Toda. O al menos, si no toda, sí una gran parte. Dice Maurice Blanchot que en realidad el escritor no es dueño de la mano que escribe, a la que bautiza como “enferma de fascinación”, sino de la otra mano, la que no escribe, porque es la única que puede intervenir en un momento dado para detener la acción de la escritura.

Por otro lado, me he dado cuenta de que en mi poesía aparecen frecuentemente las manos extendidas. Me parece un gesto a partir del cual se abre un territorio sin límites.

En relación a lo anterior ¿hay diferencia entre una pronunciación oral que una lectura íntima de la poesía? ¿A qué obedecen ambas?

En mi caso, durante el momento de la escritura, es muy importante la enunciación en voz alta de cada verso, pues sin ella no sentiría el ritmo que me pide el poema. El recitado para un conjunto de oyentes es un acto que, en mi opinión, arroja luz sobre la interpretación que el autor tiene de aquello que escribe. Algunas veces, él ni siquiera lo sabe, pero cuando el poema es declamado aparece este secreto. Sin embargo, cuando el lector se encuentra a solas con el papel, en ese momento, el diálogo con el texto se abre como el infinito universo que es. Ambas lecturas me parecen importantes y complementarias.

Siendo el principio de la tradición literaria “La cólera de Aquiles” ¿qué emoción crees que gobierna hoy la literatura y/o la vida?

A mi modo de ver lo que nos gobierna es el vértigo ante el vacío, la necesidad constante de llenar, de poseer, de alcanzar. El monstruo del consumo que todo lo devora no cede fácilmente. Tan a menudo se quedan por debajo las cosas importantes. Y mientras lo superfluo avanza, el hombre está cada día más desprotegido y más solo. 

¿Qué es Celan para la Poesía o para lo que algunos proclaman, el fin de la poesía?

Para contestarte me gustaría recuperar las reflexiones de Theodor Adorno cuando afirma que los poemas de Celan nombran un indecible horror a través del silencio y emulan un lenguaje que está por debajo de la vida humana. Es un lenguaje de las cosas muertas, una “lírica sin aura”. La muerte que atraviesa el verso. Celan es el testigo que escribe: “Estábamos muertos y podíamos respirar”.

En relación a lo anterior, como ya teórica literaria y poeta ¿qué hay que entender en “No más poesía después de Auschwitz”?

Sencillamente, que no es posible escribir igual después del espanto. Los cimientos del arte se tambalean. Sin embargo, después del horror es necesario, tal vez más que nunca, seguir escribiendo.

¿Podemos seguir creyendo en las musas? ¿Cuál es su función?

La palabra musa no me gusta demasiado: me suena a una especie de mujer objeto que está ahí para inspirar al genio. Yo no tengo ni musas ni musos. El impulso de la escritura puede nacer a partir de cualquier cosa: una imagen cotidiana, un recuerdo muy hondo, un juego con el lenguaje a partir de una palabra escogida… Todo es susceptible de convertirse en literatura.

¿Es la Poesía sólo el querer decir lo indecible?

Decir lo indecible no me parece poco, y desde luego, en la poesía (prefiero hablar de ella en minúsculas) está ese afán. Además de esto encuentro que en ella también hay lugar para la cábala, el juego con las palabras y con el lenguaje mismo, con la música. La poesía sería algo así como un lenguaje muy primitivo, un balbuceo, una brecha.

¿Tiene la poesía algo que ver con el misticismo?

Sí, en tanto que la poesía es creencia y persecución del sentido. Escribir un poema es lanzar una pregunta al aire, entablar un diálogo mudo, que a menudo no espera respuesta.

¿Qué lugar dejas a la improvisación en tus versos?

Hasta hace un tiempo me dejaba “asaltar” por el verso de forma más espontánea, y lo volcaba en el papel tal y como venía, sin apenas correcciones. Escribía, por así decirlo, más improvisadamente, aunque nunca era una improvisación total, porque había detrás una idea del poema. Ahora no me sirve este método. Puedo estar muchas horas trabajando en un poema. La escritura me pide otro ritmo más pausado.

¿Debe la cultura, la literatura, educar?

La cultura, y más concretamente, la literatura, es un prisma a través del cual mirar la realidad, una óptica especial. En cierto modo la literatura “educa” porque te abre la mente desde la infancia, te incita a poner en cuestión lo que te rodea e impulsa a la curiosidad. Si con educar te refieres a que las obras deban estar construidas con motivos educativos o moralizantes, la respuesta es no. Si la pregunta alude a si la literatura ha de ser una compañera de viaje, entonces sí, por supuesto. Trabajo como profesora y siento una tristeza enorme cuando algunos niños me dicen que sus padres les regalan los libros “como castigo”. Fomentar la lectura a una edad temprana es vital. Yo procuro maleducarles con versos de vez en cuando…

¿Qué son para ti los fantasmas, los espectros?

Los fantasmas son una extensión, la proyección de nosotros mismos, la otra cara no develada y tan temida. 

Respecto a la Primera Elegía de Rilke, citada también en Treinta y seis mujeres, “Pues lo hermoso no es más/ que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar,/ y lo admiramos tan sólo en la medida en que, indiferente,/ rehúsa destruirnos. Todo ángel es terrible” ¿hay en la belleza un placer de la autoridad? ¿Es la aspiración, el idealismo una herida en la que el yo que quiere ser protagonista?

Entiendo la belleza como una grieta observable a través de cauces infinitos y, en cierto modo, es una herida del sujeto, más concretamente del artista que desea capturarla. La belleza es una idea, pero, ¿no sucede que a veces las ideas parecen corpóreas, tangibles? A mí me pasa esto. Algunas veces la siento tan próxima como si tuviera ojos y boca y dientes afilados con los que morder.

¿Qué tienen en común los poetas?

Quiero creer que tienen en común la búsqueda constante. Un fervor, un anhelo compartido. Aunque se está abusando tanto de la palabra ‘poeta’ en estos tiempos que corren que ya no sé muy bien si este nexo tiene validez ahora.  

Cuando la palabra no basta ¿qué hacer?

Cuando la palabra no basta entonces la escritura cesa. Al menos por un tiempo. En mi caso, cuando escribí aquello, no se produjo la ruptura definitiva, por suerte. Hay que alejarse un poco para volver a tomarla entre las manos otra vez, al cabo del tiempo, como recién nacida. Como el verdadero milagro que es.

Escribía Alejandra Pizarnik: “no/ las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia” ¿Es la poesía una distancia o un acercamiento a esa ausencia?

Siempre he tenido grabados a fuego esos versos de Alejandra, a la que considero, más que una madre, una verdadera hermana en la poesía. Ausencia y necesidad febril del precipicio en todo instante, a toda hora. La poesía es la única forma de acercarse a ese lugar tan frágil –llamémosle ‘vértigo’- que está en el límite de la propia vida.

Como filóloga literaria y al conocer gran parte de las voces iberoamericanas ¿en quién encuentras mayor cercanía o entendimiento?

Mi talentoso amigo y ex editor, Munir Hachemi, me señaló como escritora latinoamericana durante una de las presentaciones de Compañeros del crimen, y a pesar de que no me siento cómoda con las etiquetas, creo que en algo acertó al referirse a mi yo artístico de esa manera. Y es que en la literatura latinoamericana he encontrado una libertad infinita que siempre he admirado como lectora y, en ocasiones, tratado de imitar con mis propios métodos. Mi entendimiento con el inclasificable Cortázar es visceral, así como con otros magos como Huidobro, Juarroz o Bolaño. Sin embargo, estudiar Filología Hispánica te lleva a tener sed de otras literaturas, así que cada día que pasa no dejo de enamorarme de nuevos autores de distintas tradiciones: Rilke, Hesse, Mansfield… la lista es muy extensa. Lo cierto es que resulta muy hermoso seguir descubriendo autores en los que te reconoces. A día de hoy no puedo abandonar la literatura rusa.

A propósito de tu blog “Museo de ingenuidades” ¿la lectura es un acto temerario?

Absolutamente. La lectura es un acto temerario, un juego de valientes. Eso lo aprendí de Roberto Bolaño, que repitió varias veces en sus textos literarios y ensayísticos: “salir a pelear, aun a sabiendas de que vas a perder, eso es la literatura”.

Yo amo la extrañeza de los seres que son incendio y son delirio y cuyos pasos tropiezan, seducen al andar por su terca valentía. ¿Hay valentía en la locura?

Siempre me ha atraído la locura, la estrecha vinculación que existe entre ésta y la literatura. Locura entendida como una suerte de actitud vital, un lanzarse a la piscina continuo, con decisión, sin detenerse a medir las consecuencias. Cuando escribí Compañeros del crimen hice mía esta locura, y desde entonces no ha dejado de perseguirme. Ahora, sin embargo, noto cómo se van apaciguando mis tiempos. Pero intento seguir siendo valiente, no flaquear más de lo necesario; me lo debo a mí misma.

“Hermana, amar es esto: saberse esclava del aullido/ flotar en un mar de ignorancia/ dejar paso a la herida del pronombre y de la piel”. Sobrarían reinterpretaciones pero a propósito de ese verso ¿qué deuda o cicatriz tiene la poesía con el amor?

La poesía ha tratado, trata y seguirá tratando los grandes temas universales: el tiempo, la muerte, y por supuesto, el amor. La creación es una búsqueda continua, un interrogante que no cesa, de ahí la emoción que siente el artista, su condición errante. Tal vez no hablaría de una deuda de la poesía con el amor, sino más bien de una reconciliación. La poesía es el ser, y el ser está abocado al amor. Me atrevería a decir que es su única vocación.

Tus versos a menudo se despejan en la sinceridad de la experiencia ¿qué lugar ocupa ésta en tu proceso creativo?

“Todo comienza y termina en mí. / Yo soy el infinito proyecto de mí misma/ por encima de mí / me sobrevuelo” rezan unos versos de Chantal Maillard. Personalmente, creo que toda creación tiene un fuerte componente autobiográfico; no importan las máscaras o los disfraces bajo los que quiera ocultarse el artista: lo cierto es que siempre está ahí. Incluso si leemos con atención El Quijote, ¡podemos entrever en más de una ocasión la mano cervantina! Mis versos no tendrían sentido si no surgieran desde la sinceridad de lo íntimo. En el fondo, no dejo de narrarme una y otra vez a mí misma a través del tamiz de la palabra.

¿Qué compromiso ha de tener un escritor consigo mismo?

El compromiso con uno mismo ha de ser total. Si no, ¿para qué la escritura?

Es recurrente la herida en tu obra, una herida que a veces es sombra ¿qué es el dolor?

Escribo sobre la herida y escribo sobre el dolor porque es aquello que me hace temblar, porque no tengo control sobre él y desearía entenderlo. La escritura es también una forma de conocimiento –parcial, por supuesto- de la realidad. Tal vez lo importante es que, mientras escribo, me hago preguntas, y algunas veces –muy pocas- encuentro respuestas. Sólo por eso ya merece la pena seguir adelante.

Una pregunta que como escritora quizás hayas tratado de responder y que es uno de los grandes interrogantes del siglo pasado y éste ¿qué es una mujer?

Si esta pregunta sigue siendo necesaria es porque a lo largo de la historia no ha existido la igualdad entre hombres y mujeres, no sólo dentro del ámbito artístico sino en todos los aspectos de la vida. Hay que luchar para combatir esto desde la educación más temprana. Desde mi experiencia, primero como alumna y más tarde como profesora de literatura, encuentro una ausencia mayúscula en los temarios escolares, donde las autoras mujeres apenas son mencionadas. Si no recuerdo mal, sólo aparecen tres nombres: Teresa de Ávila, Rosalía de Castro, y Carmen Laforet. ¿Soy a la única que le estremece este panorama? Ahora, de cara al doctorado, y siguiendo con las líneas de investigación que ya he tratado, me gustaría ahondar en escritoras que, pese a haber tenido una voz propia igual a la de sus compañeros, no han sido tan estudiadas como ellos o no se les ha dado la misma importancia porque los temas que trataban no eran de “interés colectivo”. No voy a extenderme más; en definitiva, una mujer es exactamente lo mismo que un hombre.

En las actas del I Encuentro de Crítica y Juventud de los Escritores Bárbaros nos invitas a no olvidarnos del maravilloso silencio de la poesía de Alejandra Pizarnik ¿el silencio se dice? O ¿cómo decir el silencio?

En ese texto, que lleva por título, “Maneras de nombrar el vacío” trato de ahondar en los silencios de la poeta argentina, quien, desde mi punto de vista, se aproximó a él de tal forma que su gran obra solo pudo culminar con el silencio perfecto, también el más atroz: la muerte. El silencio no es decible, pero sí se puede caminar hacia él, tenerlo como referencia. A ella siempre la pienso viva: Alejandra.

Al igual que muchas de las voces del panorama poético emergente conjugas recitales, con publicaciones en internet y la edición impresa ¿cómo crees que se perfilará el futuro de la poesía?

La literatura siempre camina sobre un hilo muy delgado que genera incertidumbre. El hecho de que los soportes digitales se hayan convertido en un vehículo para la difusión de la poesía me parece significativo, y gracias a ellos he podido entrar en contacto con poetas a los que, tal vez de otra manera, hubiera tardado mucho en conocer o a los que tal vez no habría accedido nunca. En ese sentido es una ventaja. Ahora bien: me asusta que la poesía derive en otros cauces y llegue a rebajarse hasta el punto de convertirse en otra cosa. Como defensora absoluta de la literatura en papel impreso tengo fe en que esto no suceda.

Creo que hace falta que muchos de los poetas que se afanan en publicar libros como churros pasen más horas de su vida perdidos entre las estanterías de La Central o de cualquier otra librería. El futuro no existe si no existen los lectores.

Tu tercer poemario Treinta y seis mujeres verá dentro de poco la luz. Como adelanto ¿esta vez por qué afluentes nos vas a llevar?

Por los afluentes que la propia vida me ha llevado. Treinta y seis mujeres conjuga poemas muy breves, que caminan hacia ese silencio del que hablaba antes –y que me atrae como un imán- con otros más extensos, donde el verso se tambalea hacia el aforismo y llega a adquirir un valor individual. Es un poemario heterogéneo, como los dos anteriores, que encuentra su punto de unión en el cuerpo, un cuerpo de mujer que va escribiéndose poema tras poema. Además, esta nueva criatura alberga palabras que son fruto del encuentro de la literatura con otras artes, como la pintura, la fotografía y la música. En Treinta y seis mujeres hay lugar para el jazz, el expresionismo o el autorretrato.

Este poemario es un grito tajante.

En un compromiso con la realidad y con la poesía ¿qué pregunta dejarías abierta para re-pensar?

Frente a la recurrente dicotomía: vivir para escribir o escribir para vivir, acostumbro a plantear este enfoque: ¿no serán literatura y vida las dos caras de un todo?

Una cosa está clara: hay que estar en la vida para poder escribir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s