II

El pueblo, la verdad, la historia.
Una consideración sobre Paul Celan y Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

 

…¿Quiénes somos nosotros? ¿Nosotros peuple de París? No pasarán. O mucha más cerca ¿nosotros el pueblo de el español de pastores? Traigo aquí los versos aludidos de Paul Celan:

 “Trece de febrero. En la boca del corazón/ despierto Shibbólet*. Contigo/ peuple/ de París. No pasarán.// Ovejita a la izquierda: él, Abadías,/ el anciano de Huesca, vino con los perros/ a campo través, en el exilio/ se alzaba blanca una nube/ de nobleza humana, nos dijo/ en la mano la palabra que necesitábamos, era/ español de pastores, dentro,/ a la luz de hielo del crucero «Aurora»:/ la mano de hermano saludando con la venda quitada de los ojos grandes/ como la palabra – Petrópolis, la/ ciudad peregrina de los inolvidados te/ llegaba también a ti, toscana, al corazón.// ¡Paz a las cabañas!”[1]

¿Qué marca ese trece de febrero?, ¿qué es Schibboleth?, ¿somos el pueblo de París?, ¿quién no pasará?, ¿qué palabra es la que necesitábamos? Schibboleth es una marca y señal distintiva casi inaudible, imperceptible excepto para quien la sabe, la conoce. Schibboleth o Shibbólet ¿quién sabe pronunciarlos correctamente como si de una llave de paso se tratase? Sólo su pueblo, el pueblo judío, el pueblo de Israel cuyo primer gesto de diferenciación lo encontramos en el Deuteronomio en dónde aparece:

“Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al señor tu Dios con tu Corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerza. Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo. Incúlcaselas a tus hijos y háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado; átalas a tu mano como signo, ponlas en tu frente como señal; escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas”[1] (Dt 6, 4-10).

Un pueblo marcado por los signos de las escrituras, por sus circuncisiones, por sus vicios. Lo que permite el paso es la  palabra, la escritura del pueblo, su verdad. ¿Pero qué es eso de la verdad?

Friedrich Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral ya escribía:

“¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal”[2].

La verdades son aquello adornado poética y retóricamente y lo que un pueblo considera firme, canónico y vinculante. Y así aparecen Paul Celan a un lado junto al pueblo de Israel, Heidegger al otro y detrás Nietzsche y el pueblo alemán[3]. En medio el paso, la Historia. Pero ¿qué es la Historia sino lo que tenemos la voluntad de retener?, ¿qué es la Historia sino las dos f(l)echas que se apuntan la una contra la otra mientras que el tiempo pasa en su filo, en su brecha?, ¿qué es la Historia sino la marca, su trece de febrero? Hay que atender a que, además, esa señal distintiva no es sino el propio uso del lenguaje, de la escritura. Ahora, nosotros, peuple de París, nosotros que apuntamos con nuestras f(l)echas al otro en la frontera, nosotros con nuestra historia tardo moderna fundada en la libertad, igualdad y fraternidad ¿quiénes somos, contra quién apuntamos?, ¿cuál es nuestra Historia?


[1] CELAN, Paul (2013), Obras Completas. Madrid: Trotta. Pp., 187-188.

[2] NIETZSCHE, F. (1990) Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid: Tecnos.

[3] Nietzsche a los veintiocho años siendo profesor en Basilea ya tenía grandes esperanzas puestas en su pueblo: “Un pueblo que es consciente de sus peligros engendra al genio” (“Es en los tiempo de gran peligro en los que aparecen los filósofos –allí cuando la rueda gira cada vez más rápida-, y ellos y el arte aparecen en lugar del mito que se diluye. Pero son enviados con mucha anticipación, porque la atención de los contemporáneos se vuelve hacia ellos sólo lentamente. Un pueblo que es consciente de sus peligro engendra al genio”). Además el filósofo de Basilea en su Voluntad de Poder ya mostraba ese gesto de diferenciación del pueblo alemán: “No quiero convencer a nadie a que se dedique a la filosofía: es necesario, quizás también deseable, que la filosofía sea una planta rara. Nada me repugna más que ese elogio profesoral de la filosofía que se encuentra por ejemplo en Séneca, o incluso en Cicerón. La filosofía tiene poco que ver con la virtud. Permítaseme decir que también el hombre de ciencia es algo fundamentalmente diferente del filósofo. Lo que deseo es que el auténtico concepto del filósofo no muera totalmente en Alemania.”

 

 

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